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Yamabushi

Fotografía de un sōhei, el cual es a veces confundido con el yamabushi. Imagen del siglo XIX.
Yamabushi (山伏 “el que se oculta en las montañas”?), es una clase de eremitas budistas japoneses seguidores de la doctrina del Shugendō, una integración del budismo esotérico de la escuela Shingon con elementos del taoísmo y el sintoísmo. Habitualmente, los yamabushi llevaban una vida solitaria y ascética en las montañas, aunque también podían asociarse con ciertos templos, y también fueron conocidos por participar en batallas al lado de samuráis y sōheis.
 
En la actualidad, el término ubasoku-yamabushi es usado para designar a practicantes del shugendō. Esta religión hace un gran énfasis en el ascetismo y en pruebas de resistencia, y todavía puede verse hoy en día representada en los sacerdotes de túnica blanca portadores de horagai en el lugar sagrado del shugendō, Dewa Sanzan, y en las montañas sagradas de Kumano y Omine.
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Los Yamabushi comenzaron como yamahoshi, grupos aislados en la montaña de ermitaños, ascetas o hijiri (聖 “hombres santos”), quienes seguían el camino del shugendo, una búsqueda de las energías espirituales, místicas o sobrenaturales obtenidas a través del ascetismo. Se desconoce el fundador de esta tradición, pero muchos son los mitos que señalan como tal a En no Gyoja, personaje que presenta, en muchos casos, similitudes con la leyenda del mago Merlín en Inglaterra. Los hombres que siguieron este camino recibieron numerosos nombres, por ejemplo, kenja, kenza y shugenja. Estos místicos de la montaña llegaron a ser conocidos por sus habilidades mágicas y conocimientos de lo oculto; siendo solicitados como curanderos, sanadores o médiums, conocidos como miko.
 
La mayor parte de estos ascetas, además de su dedicación al shugendo, estudiaban las enseñanzas de la Escuela Budista del Tiantai (Tendaishū) o bien las del budismo Shingon, establecido por Kobo Daishi en el siglo VIII. Shingon fue una de las primeras escuelas esotéricas del budismo japonés, según la cual la iluminación se consigue a través del aislamiento, el estudio y la contemplación tanto de uno mismo como de la naturaleza y del mándala, imágenes esotéricas propias de la filosofía budista. Las escuelas Shingon y Tendaishū encontraron en las montañas el lugar ideal para esta clase de aislamiento y la contemplación de la naturaleza.
 
En sus retiros en la montaña, estos monjes no sólo estudiaron la naturaleza y los textos e imágenes religiosos y espirituales, sino también una variedad de artes marciales. Es cuestionable la idea de que, desde ese aislamiento, tuvieran que defenderse de bandidos, samuráis u otros monjes, pero la idea de estudiar artes marciales como medio de mejora personal en lo mental y lo espiritual, no exclusivamente en lo físico, ha sido siempre un elemento presente en la cultura japonesa, más allá de las exigencias específicas de cualquier secta religiosa. Así, al igual que los sohei, los yamabushi llevaron a ser tanto guerreros como monjes.
 
Mientras que su reputación como conocedores de lo místico iba aumentando, al igual que su organización, muchos de estos maestros de las disciplinas ascéticas comenzaron a ser designados a las altas posiciones espirituales en la jerarquía de la corte. Los monjes y sus templos comenzaron a ganar influencia política. Durante el período Nanboku-cho, en los siglos XIII y XIV, los yamabushi habían formado cohortes organizadas llamadas konsha. Éstas, junto con los sōhei y otros monjes, comenzaron a tomar la dirección desde los templos centrales de sus sectas. Ayudaron al emperador Go-Daigo en sus tentativas por derrocar al shogunato de Kamakura, demostrando sus habilidades de guerrero llegando a desafiar a los ejércitos de samuráis del shōgun.
 
Varios siglos más tarde, durante el período Sengoku, los yamabushi se podían encontrar entre los consejeros y los ejércitos de prácticamente cada competidor importante para el dominio de Japón. Algunos, conducidos por Takeda Shingen, ayudaron a Oda Nobunaga contra Uesugi Kenshin en 1568, mientras que otros, incluyendo al abad Sessai Choro, apoyaron a Tokugawa Ieyasu. Muchos lucharon junto a los también monjes, los Ikko-ikki, contra Oda Nobunaga, quien los derrotó, poniendo fin a la época de los monjes guerreros.
 
Costumbres
 
Los sacerdotes japoneses Yamabushi son religiosos únicos en el Japón.
 
Actualmente se cree que pertenecen al budismo japonés, ya que entre los budistas de China, Corea e India no existe esta costumbre. La tradición yamabushi existió en Japón aun antes de que el Budismo fuera importado en el siglo VII. La ropa usada por los yamabushi es básicamente blanca, aunque pueden encontrarse otros colores. En la frente se colocan una pequeña caja negra llamada tokin, que se ata a su cabeza con un cordón negro.
 
Armas y Estilo
 
Como los demás monjes guerreros, los yamabushi eran expertos en el uso de una amplia variedad de armamento. No debe sorprender encontrar referencias a ellos luchando con arco (yumi) o con espada larga y espada corta (daisho). Sin embargo, al igual que sucedía con los sōhei y los ikkō-ikki, el arma más utilizada por los yamabushi era la naginata.
 
Además de sus capacidades espirituales o místicas, a menudo se atribuye a los yamabushi un nivel experto en la práctica del ninjutsu, el arte de los ninja. Se sabe que los monjes de la montaña habían luchado junto a los ninja, ayudándolos de múltiples maneras desde la clandestinidad. Y se sabe que una práctica común de los ninja era disfrazarse de monjes o ascetas de la montaña, para pasar más fácilmente inadvertidos en ciertos ambientes. Muy probablemente, esto último pudo haber sido fuente de confusión, puesto que parece inverosímil que un número significativo de yamabushi llegasen a ser expertos en ninjutsu.

Sōhei

Un sōhei ( 僧兵 ) es un monje guerrero japonés. Estos monjes guerreros llegaron a tener un importante poder durante el período feudal. No han de confundirse con los Yamabushi, otro tipo de monjes que practicaban el Shugendo.
 
Los Sohei aparecieron posiblemente en el siglo X,a partir de las divisiones entre las diversas sectas budistas de la época. durante el siglo X acaecieron muchas revueltas por parte de los Sohei contra el Gobierno, sobre todo en Kioto y Nara. A finales del siglo XII los sohei se hicieron fuertes, sobre todo durante las Guerras Gempei, mientras que las disputas entre los templos no terminaron . Los clanes Minamoto y Taira trataron de obtener la ayuda de los sohei de Nara y Kioto, intentando incluir las fuerzas de los templos a los ejércitos samurai. Taira no Kiyomori envió generosos tributos de arroz y seda para Enryakuji, asegurando que no ayudaría a sus enemigos, los Minamoto, que se aliaron con los monjes de Mii-dera. En 1180, en una de las más famosas batallas en que los sōhei participaron, los monjes de Mii-dera, junto con una fuerza de samuráis Minamoto, trataron de defender el puente sobre el Río Uji y Byōdō-in ( Batalla de Uji(1180)). Los monjes levantaron los tablones del puente, perjudicando a los samurais a caballo, que no podían cruzar. en esta batalla apareció la figura de Gochin no Tajima, un sohei del que se dice que cortaba las flechas que los taira le lanzaban. los Sohei, armados con arcos, resistieron un tiempo, pero fueron finalmente derrotados. Sin embargo, a pesar de la derrota, Taira no Kiyomori ordenó que mataran a los monjes que se le opusieron. Mii-dera fue quemada una vez más, como muchos de los templos de Nara. Sólo el Enryaku-ji logró salir ileso. en 1467 comenzó la guerra de Ōnin, la cual fue el preludio de más de un siglo de guerra civil en Japón y el estímulo de una reorganización de los monjes guerreros. A diferencia de las invasiones de los mongoles del siglo XIII, la guerra Ōnin se libró principalmente en Kioto, y por ello los monjes guerreros no pudieron permanecer neutrales.
 
Además, se había formado una nueva raza de monjes guerreros. Cuando los monjes del Monte Hiei habían iniciado las enseñanzas de la secta Tendai, estos nuevos monjes, llamados Ikkō-ikki, siguieron los dictados de la secta Jodo Shinshu. Eran esencialmente coaliciones de sacerdotes religiosos fundamentalistas, además de campesinos y sus familias, que estaban dispuestos a luchar por sus creencias. Ikkō-ikki se traduce en algo así como “grupo devoto”, pero allá por donde pasaban se les conocía por las revueltas que portaban consigo. En 1488, su líder Rennyo, incitó a una sublevación contra las reglas samurai en la provincia de Kaga. Desde allí se extendieron, estableciéndose en Nagashima, Ishiyama Hongan-ji y provincia de Mikawa. Su creciente poder atrajo la atención de caudillos como Oda Nobunaga y Tokugawa Ieyasu, quienes reconocieron su fuerza y su número como un problema importante.
 
Oda Nobunaga subió al poder a finales de la década de 1560, los monjes de Enryaku-ji recuperaron su poderío militar y libró una serie de escaramuzas en las calles de Kioto contra una nueva secta rival del budismo Nichiren. Finalmente quemó todos los templos de Nichiren en Kioto y luego buscó a aliados entre los señores locales o daimyō. Lamentablemente para ellos, los clanes Azai y Asakura con que se aliaron eran enemigos de Oda Nobunaga. Desde el 29 de septiembre de 1571, el ejército de Nobunaga, que contaba con 30.000 hombres, atacó Monte Hiei, destruyendo Enryaku-ji. Aunque fue reconstruida, nunca podría reconstituir el ejército permanente de monjes guerreros. Nobunaga pasó a la lucha contra los Ikkō-ikki en sus fortalezas de Nagashima y Ishiyama Hongan-ji (véase asedios de Nagashima, asedio de Ishiyama Hongan-ji). En el verano de 1574, con la ayuda del pirata Kuki Yoshitaka, Nobunaga bloqueó las fortalezas Ikkō y sus habitantes murieron de inanición. Los 20.000 habitantes de la fortaleza murieron tras el incendio provocado por los hombres de Nobunaga. Dos años más tarde, Nobunaga regresó a la Ishiyama Hongan-ji, que él no había podido tomar antes. En las dos batallas de Kizugawaguchi, Nobunaga derrotó a sus enemigos, el clan Mōri, quien tenía el control naval de la zona. los Ikkō finalmente se vieron obligados a rendirse en 1580. En 1580 y la década de 1590, varias facciones de monjes guerreros se aliaron con Tokugawa Ieyasu o su rival Toyotomi Hideyoshi, luchando en una serie de batallas y escaramuzas. Cuando Tokugawa Ieyasu finalmente derrotó al último de sus enemigos y tomo el control del país en 1603, la vida de los monjes guerreros llegó a su fin.
 
Armas
 
Los sohei eran muy variados en armamento. Normalmente solían llevar consigo la naginata una larga lanza con una hoja unida a su extremo. Su largo alcance la hacía muy efectiva contra caballería e infantería, además de ser bastante fácil de usar. Esta llamativa arma estaba relacionada con los monjes guerreros y fue usada por el famoso Gochin no Tajima (también conocido como Tajima “el cortaflechas”) en la batalla de Uji en 1180. Lideró la defensa de un puente blandiendo su naginata con tal maestría, que las flechas del enemigo rebotaban sin hacerle el menor daño.
 
También se sabe que solían utilizar el arco, e incluso durante algunas batallas utilizaban unas flechas especiales que al ser lanzadas emitían un fuerte sonido, parecido a un silbido, que servía para espantar a los enemigos o como señal.
 
Otra arma conocida era el mosquete. Los monjes guerreros eran famosos por su dominio con las armas de fuego, en concreto la secta Negoroji y los Ikko-Ikki. La katana, sin embargo, era usada en el combate cercano, siendo los monjes guerreros del clan Uesugi los más temidos en el uso de esta arma.
 
Los sohei solían tener grandes conocimientos de artes marciales y exponer al máximo su resistencia física, siendo los Monjes de Hiei los más importantes. Los monjes maratonianos del monte Hiei profesaban la escuela budista de Tendai. A diferencia de la mayoría de las doctrinas budistas, los seguidores de Tendai sostenían que se podía conseguir la iluminación en una sola vida. Para alcanzar este fin, los monjes se sometían al “Kaihogyo”, una atroz prueba de resistencia física en la que tenían que recorrer 30 km por día a pie, durante 100 días seguidos, a lo largo de cinco años consecutivos. El sexto año, la distancia se ampliaba hasta los 60 km (durante 100 días) y el séptimo hasta los 84 km. como vestimenta, los monjes solían llevar una serie de kimonos, generalmente blanco debajo y violeta en la parte superior; Este estilo ha cambiado muy poco desde la introducción del budismo en el siglo VII. El calzado tradicional consistía en zuecos de madera o sandalias.Los monjes guerreros a menudo solían llevar un gran pañuelo blanco para cubrirse la cabeza. Por último, muchos monjes guerreros llevaban parte de la armadura samurai.

Técnicas de meditación de las artes marciales

En “Meditación y las artes marciales”, Michael L. Raposa explica que las artes marciales simplemente utilizan formas comunes de meditación e implementan esas técnicas como un componente del entrenamiento. Los chinos pensaban en las artes marciales como un camino para la iluminación espiritual, o el Tao. En “Mente sobre materia: las artes marciales más altas”, el maestro del Tai Chi Shi Ming explicó que el proceso de refinar la conciencia propia es la base absoluta del entrenamiento superior en artes marciales. A través de la conciencia, Shi Ming no se refería a un ideal ordinario cualquiera, sino a “una condición en la que el cuerpo y la mente se fusionan, el espíritu y la materia se unen”.

Meditación chi con respiración

Todas las artes marciales contienen prácticas que requieren respiraciones profundas y abdominales, con exhalaciones más largas que las inhalaciones. Este tipo de respiración es realizada para hacer circular el chi, o la energía del cuerpo. El profesor James Noel enseña en el seminario The San Francisco Theological que el chi debe fluir “de manera circular a lo largo de la órbita microscópica, desde la parte de arriba de la cabeza hasta el coxis, o las plantas de los pies, y de nuevo hasta la cabeza”. Se cree que el exceso de energía o chi se almacena debajo del ombligo. La meditación chi con respiración se enfoca en la respiración para hacer circular y advertir los niveles de chi presentes en el cuerpo.

Meditación de autocontrol y disciplina

Las artes marciales también usan la meditación para limpiar la mente de los pensamientos negativos que impidan la práctica marcial o puedan considerarse como una debilidad en combate. Al observar la mente, el practicante se vuelve más consciente de sus atributos escondidos, como la ira y la envidia. Esta técnica de observación de la mente también se utiliza para generar un enfoque preciso. El objetivo de sentarse quieto y enfocar la mente es crear un practicante enfocado y disciplinado. Respirar profundamente y deliberadamente al estar parado o sentado y concentrarse en pensamientos inamovibles de fortalecimiento es uno de los modos en los que los practicantes enseñan esta técnica.

No mente

“No mente” es el estado mental atribuido al budismo zen japonés. El profesor Noel explica que, en este estado, un practicante no percibe un oponente. Se cree que se convierte en el oponente y sabe qué movimientos se harán en la batalla antes de que se hagan. También llamada Bunkai, esta meditación es la esencia de todas las técnicas de meditación zen, que involucran vaciar la mente de contenido. También se la utiliza en las artes marciales para desarrollar paciencia y disciplina.

La Espiritualidad de las Artes Marciales


Las Dimensiones Espirituales de las Artes Marciales
por Robert James Buratti
Julio de 2004

     “Aquel que desee vivir en un arte marcial oriental, más bien que sólo practicarlo en un nivel físico, debe entonces entrenar su conciencia para alcanzar una autodisciplina, de modo que al final su mente consciente se mezcle en una identidad con el mismo principio de la vida misma” (Maurice Zalle).

          La práctica tradicional de las Artes Marciales está experimentando ahora una especie de renacimiento, y esto es en gran parte debido al hecho de que muchas personas están comprendiendo la existencia de los componentes espirituales esotéricos que están detrás de algunos estilos ampliamente conocidos. Las Artes Marciales ya no son consideradas como remanentes de viejas culturas sino como métodos válidos y eficaces de conseguir un crecimiento espiritual. Ellas realmente fueron formuladas para dicho propósito desde el principio.

Una Herencia Espiritual

     En el año 475 el monje indio Bodhidharma llegó al Sur de China. A su llegada él se trasladó a la provincia Huan donde pasó nueve años en meditación, entre las paredes rocosas de una cueva. Cuando el monje emergió de su retiro, se topó con un pequeño templo de montaña aproximadamente a una milla de distancia [1½ km.] llamado Shaolin. Bodhidharma quedó impresionado al ver el deplorable estado físico de los monjes del Templo Shaolin, quienes practicaban ejercicios de meditación durante largos períodos que, mientras los hacían espiritualmente fuertes, destruían totalmente su estado físico.

     Bodhidharma creó para los monjes un régimen de ejercicios que implicaba técnicas físicas que eran eficientes para el reforzamiento del cuerpo y que eventualmente podrían ser usadas para defenderse de los inevitables ladrones de caminos y otras bandas, abundantes en el área entonces. Esta última utilidad era un simple beneficio adicional de la práctica. La primera era el objetivo principal. El interés primario era siempre mantener la fuerza física de los monjes para el propósito de la meditación. Estos ejercicios físicos evolucionaron hacia lo que ahora conocemos como Artes Marciales.

     Entre la miríada de opciones contemporáneas para desarrollar el espíritu, las Artes Marciales permanecen como uno de los sistemas más antiguos y más universalmente eficaces para la enseñanza de ideas internas que despiertan la dimensión espiritual en todos los aspectos de la vida.

El Camino Físico hacia la Iluminación

     El verdadero valor de estudiar las Artes Marciales radica no en el aprendizaje de la técnica o sistema mismo, sino en la adquisición de cualidades internas particulares que son desarrolladas a través del proceso de aprendizaje. Los ejercicios físicos son los ejemplos concretos de principios filosóficos abstractos. Los sistemas de destreza con los pies enseñan al estudiante acerca de las cualidades de la energía, de flujo y reflujo, y el potencial tanto creativo como destructivo. Los patrones de trabajo con las manos enseñan al estudiante acerca del equilibrio, la dinámica y la intuición del espíritu natural.

     Las acciones de bloqueo, desvío, golpe, rotura y lanzamiento, todas contienen conceptos que pueden ser aplicados al espíritu humano. Entonces en el combate unimos estos conceptos, y en el proceso descubrimos nuestra propia naturaleza que es obligada a manifestarse bajo una tensión y una presión extremas.

     Uno nunca se ve confundido tanto como cuando está bajo ataque. En este acto es probado el temple de cada uno, y de allí se surge con una nueva visión de sí mismo y, en muchos casos, con una visión del verdadero Yo. Éste es un primer paso para la auto-comprensión.

     El legendario esgrimista japonés Myamoto Musashi descubrió que mientras más él buscaba la habilidad y la eficacia en su entrenamiento, más él buscaba la habilidad y la eficacia en todas las cosas. Él comenzó a buscar el objetivo más profundo en todo lo que él hizo.

     Trabajando en la agricultura, él tomó la tierra que había quedado inutilizable por las inundaciones anuales y la convirtió en tierra productiva construyendo sus diques y campos según la forma del flujo natural del agua. Los agricultores construyeron un santuario en su honor por sus conceptos y rezaron en aquel lugar diariamente. Él encontró que cada parte de su vida afectaba a cada otro aspecto, y comenzó a buscar la espiritualidad en todas las áreas de su vida.

     El combate hace grandes demandas a las capacidades del guerrero. Tales demandas actúan como poderosas situaciones de aprendizaje para el auto-descubrimiento y la auto-confrontación.

Enfrentando a la Muerte

     “Derrotar a mil enemigos está bien, pero el samurai que se derrota a sí mismo es el más grande de los guerreros” (El Dhammapada).

     Quizá la primera y la más importante de estas situaciones es la confrontación con la muerte. A través de toda la vida nos vemos esporádicamente encarados con la muerte, ya sea a través de la familia, la televisión o la literatura. En el mundo moderno estamos muy familiarizados con la muerte, pero raramente, si es que alguna vez, somos confrontados con la perspectiva de nuestro fallecimiento personal. Pero cuando esto llega, muy probablemente será un acontecimiento repentino e irrevocable e inoportuno del cual no aprendemos nada. El practicante de Artes Marciales ni ignora ni espera la muerte, pero camina derecho hacia ella.

     En las Artes Marciales la muerte es una presencia constante. La actividad entera gira alrededor de ella. El ataque, la defensa y el contraataque son todos realizados como si una verdadera situación de vida o muerte estuviera implicada. Con la habilidad aumenta el vigor de las acciones, y si uno usa armas, uno puede emplear, por ejemplo, una espada desnuda en vez de una espada de bambú o de madera, todo lo cual hace la situación en verdad peligrosa. El practicante encara la muerte y hace la paz con ella, en el conocimiento de que es inevitable. Con este entendimiento, allí no existe más miedo, y el practicante de Artes Marciales es realmente libre ahora.

     Todos los sistemas espirituales establecen una confrontación con la muerte, ya que encarar a la muerte es quizás el elemento más importante de la espiritualidad. Las prácticas preparatorias básicas del budismo implican el reconocimiento de que la vida de uno es corta y que uno puede morir mañana. En el rito Chod del Tíbet, los practicantes visitan un cementerio por la noche (donde los cadáveres son dejados expuestos a los elementos y a los animales carroñeros) e invitan a los demonios a venir y tomarlos. Los cristianos y los musulmanes invitan al Todopoderoso a tomar sus almas en cualquier momento.

     El miedo a la muerte es el mayor obstáculo para el artista marcial. Este miedo tiene una cualidad de rigidez, o de parálisis, o de pérdida del control; uno puede congelarse con el terror, o uno puede entrar en pánico y reaccionar ciega e irracionalmente. Tales reacciones, que se entrometen en el momento crucial en el combate, significarán la muerte, incluso para el luchador técnicamente consumado.

     Pero la libertad con respecto a este miedo incapacitante libera grandes poderes. Hay una historia de un Maestro de la japonesa Ceremonia del Té de la provincia de Tasa, un hombre de ninguna habilidad marcial pero de gran logro meditativo y espiritual. Él por casualidad ofendió a un samurai de alto rango y fue desafiado a un duelo.

     Él acudió al Maestro Zen local para buscar consejo. El Maestro Zen le dijo francamente que él tenía poca probabilidad de sobrevivir al encuentro, pero que él podría asegurar una muerte honorable tratando el combate como él lo haría con el ritual formal de la Ceremonia del Té. Él debería calmar su mente, no prestando ninguna atención a los pequeños ruidos de los pensamientos sobre la vida y la muerte. Él debería tomar la espada con determinación, tal como tomaría el cucharón en la Ceremonia del Té; y con la misma precisión y concentración de la mente con la cual él vertería el agua hirviente en el té, debería avanzar, sin pensar en las consecuencias, y abatir a su opositor de un golpe.

     El Maestro del Té se preparó en consecuencia, abandonando todo temor a la muerte. Cuando llegó la mañana del duelo, el samurai, encontrando el equilibrio total y la intrepidez de su opositor, quedó tan afectado que prontamente pidió el perdón y suspendió la lucha.

     La aceptación y el triunfo mental sobre la muerte es el mayor poder del artista marcial, en el cual él se concentrará en el hecho de que él tiene poco tiempo y que por lo tanto deja a sus actos que fluyan. Cada acto es su última batalla en la Tierra, y sólo con esta filosofía sus actos tendrán su poder legítimo. De otra manera ellos serán, mientras se esté vivo, los actos de un hombre tímido.

     En palabras de una leyenda samurai, “ser tímido está bien si usted ha de ser inmortal, pero si usted va a morir, no hay tiempo para la timidez, simplemente porque la timidez le hace a usted aferrarse a algo que existe sólo en sus pensamientos”. Esto lo calma mientras todo está en calma, pero entonces el mundo impresionante y misterioso abrirá su boca para usted, como la abrirá para cada uno de nosotros, y luego usted comprenderá que sus caminos seguros no estaban seguros en absoluto. Ser tímido nos impide examinar y explotar nuestra parte como hombres.

Dominio de la Energía

     Para el artista marcial, la Energía se manifiesta dentro de cada individuo como espíritu, y el espíritu en cada individuo se manifiesta como la mente. Esta Energía o “Chi”, como es conocida en China, o “Ki” en Japón, lo impregna todo, y de aquí que sea tanto la conexión más fuerte del artista marcial con su enemigo así como su arma más fuerte contra éste.

     El dominio de esta energía es un elemento central de todas las formas tradicionales de la práctica de las Artes Marciales. Dos expresiones ampliamente reconocidas de este ideal son el arte chino del Tai Chi Chuan, y el arte japonés del Aikido.

     El Tai Chi Chuan integra muchos elementos de la cultura china tales como filosofía y religión, medicina y práctica militar. Obtiene su inspiración para el movimiento principalmente de la filosofía del yin y el yang. Incorpora la teoría de los Cinco Elementos de la cosmología y los principios del Bagua (“Ocho Trigramas”) junto con el movimiento, creando un flujo continuo de movimiento que refleja las ideas detrás de estas ideologías.

     El símbolo del Yin-Yang, que a menudo se encuentra unido con el Tai Chi Chuan, representa la interacción de Yin y Yang. El Yin y el Yang son mostrados en cantidades iguales, pero la parte Yin del Yin-Yang contiene una pequeña cantidad de Yang, y la parte Yang, una igualmente pequeña cantidad de Yin.

     Los antiguos chinos veían el universo como una unidad enorme con cada parte de él relacionada con y dependiente de cada otra parte. Dentro de esta unidad hay un cambio continuo en un ciclo interminable entre dos compañeros, el Yin (femenino, oscuro, suave, dócil) y el Yang (masculino, duro, agresivo).

   “El universo está completamente hecho de estas dos formas de energía, y a fin de que todas las cosas progresen armoniosamente, las fuerzas de Yin y Yang deben constantemente interactuar la una con la otra. Mientras hacen eso, cada una debe evolucionar, con el tiempo, hacia su opuesta, tal como el día gradualmente se convierte en la noche. Por esta razón, todo lo que parece ser Yin contiene algún Yang y todo que es Yang también contiene algún Yin, sin lo cual el cambio no sería posible” (Chen Lei).

     A partir esta visión de la existencia y la energía fue elaborado el estilo Tai Chi Chuan. Es una expresión física perfecta de la filosofía Yin-Yang y funciona dentro de los mismos parámetros y limitaciones.

     Mientras otros estilos marciales son violentamente rápidos y rígidos, el Tai Chi es lento y controlado, con técnicas que fluyen sin parar entre sí. Tal como la energía del Yin-Yang mantiene un flujo continuo, así lo hace la técnica Tai Chi. No hay una detención y un arranque rígidos, sólo una mímica natural controlada de la energía. Por eso el Tai Chi a menudo es visto como una de las Artes Marciales más gráciles y pacíficas. Tal como la energía es circular en su flujo, todo el ejercicio en el Tai Chi es circular en la dirección, y así como la energía es un fenómeno natural, las posturas de defensa del Tai Chi tienen siempre una forma natural, no rígidas posturas militares como las del boxeo.

     La práctica eficaz del Tai Chi se basa en un entendimiento puro y profundo del Yin-Yang, la visión que el Tai Chi tiene del Chi y del Universo. Sin esta dimensión espiritual de dicho arte, el estudiante no está practicando Tai Chi, sino que él simplemente está realizando movimientos vacíos de poco significado para sí mismo o para el mundo que lo rodea.

     Otra arte que trata con la dinámica de la energía fue fundada por Morihei Ueshiba en 1942. El arte japonés del Aikido fue considerado una continuación de las Artes de los Samurai, y toma prestada la mayor parte de su dimensión y expresión espiritual del Bushido (“El Camino del Samurai”), en particular su uso de prácticas tradicionales de espada. Es un sistema relativamente contemporáneo y en gran parte una continuación de los valores y de la cultura japoneses por cuanto es un cultivo de filosofía y espíritu.

     El significado de Aikido es literalmente el “hábil camino de descubrimiento de acumulación de Ki”. Ki es la traducción japonesa de Chi, y comparte una definición idéntica. Se sugiere que el Ki “nació” en el mismo instante que el resto del universo, y que nosotros somos todos nacidos del Ki del universo. Todos los organismos vivos tienen un acceso igualitario al Ki, y él recorrerá nuestro sistema si lo permitimos. La práctica diaria del Aikido está dirigida principalmente al mantenimiento de un estado física y emocionalmente equilibrado, y a practicar las formas de cultivar dicha energía.

     Tal como el Tai Chi, el Aikido es una expresión física de este modo de ver el mundo. Por consiguiente, no tiene ninguna forma de ataque, porque atacar a un oponente sería como atacar a un miembro de la familia o de dañar el flujo de la energía del Ki Universal que sostiene al mundo. Una vez más, puesto que el Ki se mueve constantemente, así lo hace el artista marcial, con todo el maniobrar del Aikido ocurriendo en patrones circulares. El Aikido también pone gran atención en el aspecto de equilibrio de la energía, y de aquí que haya creado una conciencia de equilibrio esencial para sus maniobras. Las técnicas principales del estilo implican patrones particulares de lanzamiento y lucha que son precisamente dependientes del perfecto equilibrio de quien lo practica.

     En el Aikido, como en todas las Artes Marciales, el equilibrio físico y el emocional son co-dependientes. El equilibrio físico ayuda a engendrar el equilibrio emocional. Una comprensión de la naturaleza de nuestro espíritu ayudará al practicante a crear una alineación eficaz de pensamiento y acción. Cuando cada aspecto del individuo está alineado, el individuo está mejor capacitado para adaptarse y cambiar.

La Espiritualidad y el Samurai

     El Camino del Zen perpetúa las más antiguas tradiciones budistas. Esto significa el estado natural perfecto de iluminación. El Zen no puede ser racionalizado, sólo experimentado, vivido y realizado. Imposible de conseguir mediante el pensamiento concreto y el análisis, el Camino del Zen es encontrado a través de la práctica meditativa que involucra tanto a la mente como al cuerpo. El Zen puede ser considerado una expresión única del budismo Mahayana. Se originó en las regiones del Norte de la India y posteriormente se trasladó a China y luego a Japón, donde se convirtió en una fuerte influencia a partir aproximadamente de 1190 d.C. en adelante. Ejerció tal influencia, que hasta hace unos años habría sido difícil encontrar una persona de orígenes japoneses nobles que no hubiera sido expuesta a la filosofía Zen.

     El Zen ofrece una perspectiva interesante en el mundo de las Artes Marciales y la espiritualidad, porque se hace difícil ver dónde finaliza la filosofía espiritual y dónde comienza la práctica marcial. Mientras la mayoría de las filosofías de Arte Marcial son un proceso constructivo que nos suministra instrumentos y entendimiento, la experiencia del Zen es un proceso destructivo, en el sentido estricto en que quita de nuestras vidas las cosas que nos impiden la iluminación. La liberación obtenida por el Zen deriva en una autonomía absoluta. No hay dioses, ni denominaciones, y ninguna autoridad superior. Es necesario abandonar todas las muletas y proceder a avanzar sin ayuda.

     El papel del Zen en la sociedad samurai es extraordinariamente complejo. Sostuvo el espíritu guerrero de dos maneras: moralmente, porque el Zen es un sistema que enseña al individuo a no mirar hacia atrás una vez que el curso ha sido decidido; y filosóficamente, porque el Zen trata a la vida y a la muerte con indiferencia.

     El texto clásico “Hagakure” o “Escondido tras las Hojas”, atribuído al samurai Yamamoto Tsunetomo, declara que “El Camino del Samurai se encuentra en la muerte”, y continúa diciendo que el samurai es poderoso porque su mente ya no está atada ni a la vida ni a la muerte. El samurai “conquistará la inmortalidad muriendo sin vacilación”. Los grandes hechos son llevados a cabo cuando uno alcanza el estado Zen de “no-mente”.

     Es por este estado Zen de “no-mente” que el manejo de la espada se convierte no en un acto de matanza sino en un instrumento de auto-disciplina espiritual. El individuo, la espada y el objetivo llegan a ser uno y el mismo. La espada se mueve por sí misma bajo la influencia del objetivo sin ninguna decisión individual, siempre encontrando un golpe perfecto. El reconocimiento del dominio en la espada es también el reconocimiento de un grado superior de la espiritualidad Zen. El concepto Zen de “no-mente” es uno de los más influyentes para inmiscuírse en la psique samurai.

     Una mente inconsciente de sí misma es una mente que no es perturbada en absoluto por afectos de ninguna especie. Se trata de la mente original y no de la engañosa que está repleta de afectos. Siempre está fluyendo; nunca se detiene ni se vuelve sólida. Llena todo el cuerpo, difundiéndose por cada parte del cuerpo. Nunca es como una piedra o como un pedazo de madera. Si debiera encontrar un lugar de descanso en alguna parte, no es una “mente de no-mente”. Una no-mente no conservará nada en ella. Es por ello llamada mushin.

     Este “vaciamiento de la mente” se aplica a todas las actividades creativas, como el baile y el manejo de la espada. La mente fluye libremente de un objeto a otro, no deteniéndose en ninguna singular preocupación. En este proceso la mente es libre y realiza cada función requerida de ella. Cuando la mente se detiene en un pensamiento singular, pierde su libertad. No puede oír, no puede ver, aun cuando el sonido entra en los oídos o la luz destella delante de los ojos. Cada mente tiene la naturaleza de Buda, y cada persona ya está liberada más allá del nacimiento y la muerte. Ellos sólo deben comprender este hecho. El Zen procura promover esta comprensión, el proceso gradual que es mencionado como Satori. La consecuencia del Satori es una manera completamente nueva de ver el mundo y el lugar de uno dentro de él. Según el Zen, la liberación no debería ser buscada en el mundo venidero, ya que éste es el siguiente mundo y ya está liberado. Estamos ya en nuestro objetivo, aunque no podamos comprenderlo.

     El Zen no requiere involucrarse en especulaciones, textos o escrituras sagradas, y cada teoría es válida sólo como una indicación hacia el Camino. Originalmente una doctrina secreta, transmitida por Buda a su discípulo Mahakassapa, el Zen mismo surgió como una reacción contra los rituales fantásticos y superfluos del hinduísmo tradicional, y mientras aparece como completamente relajado en la forma, realmente funciona sobre la base de una severa auto-disciplina que apelaba al samurai. Lejos de las rudas prácticas ascéticas de los sistemas contemporáneos, la disciplina Zen implica una forma más sutil e interior que actúa en cuatro niveles.

— El primero es el dominio de los objetos externos, en particular de las reacciones que emanan de ellos. El alumno debe entender que cada vez que un anhelo lo conduce hacia algo, él no está en control del objeto externo sino que más bien es el objeto el que está en control de él. “Él que ama un licor, se ha engañado a sí mismo con el pensamiento de que él está bebiendo el licor; la verdad es que es el licor el que lo está bebiendo” (Hagakure).

— La segunda etapa ve al alumno dominar el cuerpo físico. A menudo en este nivel el entrenamiento marcial acompaña al crecimiento espiritual como una contraparte iniciatoria. Es de aquí que surgieron las leyendas de samurais y maestros sobrehumanos que podían resistir los extremos de calor y frío, y romper árboles y piedras con sus manos desnudas. El samurai ejerce el dominio sobre su cuerpo y el dominio sobre su propio funcionamiento mental.

     Imagine su propio cuerpo como algo distinto de usted. Si grita, tranquilícelo en seguida, como una madre estricta hace con su propio hijo. Si es caprichoso, contrólelo como lo hace un jinete con su propio caballo, mediante la brida. Si está enfermo, adminístrele medicinas, como un doctor hace con un paciente. Si le desobedece, castíguelo, como lo hace un profesor con un alumno (Hagakure).

— La tercera etapa implica controlar la emoción personal, y establecer un equilibrio interior. Mediante prácticas meditativas el alumno confronta cada miedo y entusiasmo, en un intento de “tener el corazón bajo control”.

— La cuarta etapa es el rechazo del Ego, y es la más difícil. El núcleo de la filosofía promueve una forma más alta de espontaneidad, libertad y tranquilidad en la acción. Las artes tradicionales se originaron en el Oriente como una respuesta y como ejecución de este estado mental. Muchas de estas artes fueron desarrolladas como medios para conseguir la conciencia Zen. Mientras la mayoría es marcial en su naturaleza, el elemento Zen se extiende al arte del drama, la ceremonia del té, los arreglos florales y la pintura. El dominio en cualquiera de estas artes no puede ser conseguido sin la iluminación interior y el poder transformativo del Zen.

     Generalmente el Zen no promueve la existencia tipo ermitaño encontrada en la leyenda sino que más bien pide que el practicante viva en el mundo en un estado Zen de conciencia que debería ser permanente e impregnar cada experiencia y actividad. El alumno trabajará con su mente y cuerpo hasta que ellos hayan alcanzado el límite extremo de todas las facultades naturales, y finalmente consigan el Satori. Sólo se supone que el estudiante pase el período de adiestramiento en monasterios Zen, y una vez que ha conseguido el Satori, el estudiante vuelve al mundo, eligiendo un modo de vida que calce con sus necesidades.

     Los sistemas de Artes Marciales están todos unidos en el hecho de que ellos exigen del practicante que re-ajuste su estilo de vida. Aparte de ser una búsqueda intelectual y física, la práctica verdadera surge en la expresión del Arte a través de la vida y el pensamiento diarios de uno. Asistir a una clase de Artes Marciales una vez por semana no liberará el enorme potencial transformativo de esta opción, pero lo encaminará hacia un sendero antiguo que ha afectado las vidas durante siglos. Como todos los esfuerzos espirituales, esto requiere compromiso y paciencia.

El Ki

Dijo el Maestro Takeuchi:

-“Por el momento necesitas simplemente reforzar tu postura, iai goshi. No es lo bastante estable y no estás verdaderamente sentado en tu seika. Veremos esto con detalle la próxima vez. Lo que necesitas saber sobre todo, y es lo más importante en la utilización del kiai, es que todo puede llevarse a shin, la mente. Si shin es débil, el kiai también lo es. Esto significa que hay ki, pero sin el principio de unión de “ai”. El ki es una energía sutil que se conoce únicamente a través de sus manifestaciones, de forma que está identificado con el cuerpo físico y con la personalidad completa que llamamos “hito” en japonés, palabra que quiere decir “aquel en quien se encuentra la luz”.

El ki engendra el nacimiento, la existencia, la decadencia y la muerte. El ki es a la mente lo que la sangre al cuerpo. Es un vehículo para el shin y ambos se influencian mutuamente. Durante mucho tiempo el ki y el shin son esclavos de los instintos animales que todo hombre lleva en si. Después el ki se convierte en el maestro del cuerpo. Por fin, el shin aparece y se convierte en el maestro del ki. Desde ese momento, al hombre se le llama maestro, pues es de nuevo él mismo. De este modo, es fácil de comprender que si la mente es débil, el ki también lo es; si duda, el poder del ki duda y se debilita; si la mente está dispersa, el ki se evade del cuerpo y éste último se desvitaliza, esto es lo que genera fatiga y después enfermedad, de aquí la utilidad de las disciplinas del ritmo respiratorio que tienden a aportar una cierta calma mental.”

TATSUJIN: “EL HOMBRE-SABLE”

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“Para el Maestro del sable,
por encima de la gloria,
de la victoria e incluso
de la propia vida,
se halla la Espada de la Verdad;
de la verdad que él ha experimentado
y que le juzga”.

Para adentrarnos en el estudio de la vida y de la obra de los grandes maestros de la espada, y para comprender sus sagradas y redentoras enseñanzas, debemos tener en cuenta que sus textos, sus consejos, sus poemas, sus caligrafías, provienen directamente de un elevado estado de conciencia, de una experiencia trans-personal a todo punto intransferible por las palabras; de una “revelación” interior, de una iluminación. Son fruto de su ascetismo, de su desprendimiento del yo, de su rigor, de su sufrimiento, de su compasión, de su amor santo, de su “implacable lucidez”.
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Estos hombres universales hicieron exactamente lo contrario de lo haría un hombre común: pusieron su cuerpo, su salud, su corazón, su arte, su inteligencia, su experiencia, su dolor, su energía, su amor, su ki, su genialidad, su iluminada compasión y su “visión”, al servicio de su alma y de su espíritu. Y no tardaron en recibir como respuesta (pues el Universo es un mecanismo de reflejo) el inagotable tesoro de una sabiduría sobrenatural más allá de lo humano. Como los textos sagrados de los alquimistas, de los hermetistas, de los santos meditantes y de los sabios guías de la Humanidad, las enseñanzas de los grandes tatsujin (“hombres-espada”) proceden directamente de un estado expansivo (tal vez incluso “explosivo”) de despertar, de un mundo de luminiscencia en el alma que el cristianismo llama “Reino de los Cielos”, el hinduismo Brahma-loka, el “ Cielo Creador”, y en el Shinto “Takama-A-Hara”, el “más allá”, el paraíso líbico de los dioses (kami) y de los inmortales taoístas (Lie-Sien-Chuan). Esos no son, evidentemente, lugares físicos y tangibles, levitando sobre las nubes o allende de las estrellas, en los que sólo los ignorantes y los fanáticos -que tan a menudo van de la mano- pueden todavía creer, sino exaltados estados de conciencia expandida, re-unificada con el origen, reabsorbida en la Unidad Esencial, en “lo que éramos antes de llegar a ser”, como rezan los Upanishads. Es pues, desde un estado de meditación, de elevación de conciencia cercano a la exaltación espiritual, de humildad profunda, de gratitud sin reservas, de “anhelo de liberación en beneficio de todos los seres” (boddhichita), que debemos acercarnos a estas enseñanzas muy santas, desde una visión de vuelo de águila, de himalayista del alma, tal vez sentados y observando quietamente desde una lanzadera espacial o con una mente de astronauta de la evolución, precisamente la misma mente expandida, inclusiva y no-dual que llegaron a alcanzar esos grandes maestros.

No podemos hacer descender estas enseñanzas sagradas a nuestro nivel del mar mental, a incluso más abajo todavía, sino elevarnos nosotros lo más alto posible, so pena de incomprenderlas, de convertirlas también en material fungible, o a lo peor, en una nueva capa de metal para nuestra herrumbrosa armadura egótica. En 1387, durante el reinado del shogun Asikaga Yoshimitsu, nació uno de los más grandes maestros de sable de la historia: Lizasa Choisai Ienao. Era este un hombre muy noble, culto pero modesto, amante de las artes y de las letras y partidario de la paz, que siempre se sintió atraído por la vida espiritual y que con el tiempo, se convertiría en monje budista. Una leyenda dice que en una ocasión uno de sus siervos lavó las patas de su caballo en las aguas de una fuente sagrada cerca de un santuario y que el pobre animal, tras caer presa de convulsiones, murió.

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El maestro Lizasa creyó muy seriamente que se trataba de un grave error y que la muerte del caballo se debía a las consecuencias kármicas de la profanación del lugar santo, dedicado a la presencia de una divinidad shinto llamada Futsu Nushi No Mikoto, ángel guardián del templo Katori Jingu y santo patrón de los esgrimistas. Así, tras una vida consagrada al sacrificio, a la purificación, a la meditación y al refinamiento del carácter, habiendo llegado a ser consejero y maestro de armas del shogun Yoshimasa, pero hastiado de la decadencia de la burguesía y de la corrupción política del ambiente cortesano, del egoísmo y la barbarie que le rodeaban por todas partes, a los sesenta años de edad Lizasa Choisai decidió consagrarse a un periodo de austeridad (gyo) entrenamiento marcial y meditación de mil días (sen-nichigyo) en la soledad de los bosques cercanos al santuario Katori. Su ascesis (gyo-misogi) consistía en periodos de meditación y estudio de la filosofía budista, entrenamiento en el arte del sable y otras herramientas clásicas, ayunos y austeridades que emanaban de la tradición esotérica de la escuela Shingon y del chamanismo animista de los monjesguerreros que vivían en las montañas, los célebres Yamabushi. Se dice que al finalizar su retiro, una noche tuvo una visión de la divinidad del santuario, con el aspecto de un joven muchacho sentado en las ramas de un ciruelo. En esa ocasión, Lizasa sensei recibió la enseñanza misteriosa y secreta (okuden) de la escuela Tenshin Shoden Katori Shinto Ryu en un volumen de estrategia marcial (heiho-shinsho).
Tras esa visión, creó su maravillosa vía marcial de sable, impregnada de su profunda sabiduría, de su ascetismo, de su gran compasión e “inspirada” por su visión celestial. Desde entonces, cada enseñanza de la escuela Katori Shinto es considerada como «kami-waza», una técnica de origen divino. Cuando algún estudiante o experto de otra escuela (ryu) lo desafiaba, como era costumbre en la época y en siglos posteriores, Lizasa Sensei le invitaba a tomar el té. Antes del encuentro, colocaba una pequeña esterilla sobre unos brotes tiernos de bambú, y se sentaba después sobre ellos en postura de meditación, sin doblarlos ni romperlos. Los adversarios comprendían entonces que se trataba de un hombre santo, de un sennin, un asceta-yogi poseedor de grandes siddhis o poderes metafísicos, y que estaban frente un tatsujin, un verdadero maestro que había realizado la “unidad con la espada”. Algunos se retiraban prudente y silenciosamente, y otros solicitaban humildemente convertirse en sus discípulos. La escuela Katori Shinto, con una antigüedad de más de setecientos años, a diferencia de otras ryu, más relacionadas con el Zen, añadió la profundidad del pensamiento budista y el ideal de la “compasión dinámica” al arte de la esgrima tradicional. Entre los mandatos de la escuela, que tenían un gran trasfondo esotérico, se enseñaba a evitar el combate, a sentir compasión hacia el enemigo y, algo absolutamente inusual en aquella época en la que las técnicas de sable terminaban inevitablemente en verdaderos rituales de ejecución, e inverosímil incluso hoy en día: perdonar la vida, redimir al enemigo, darle una segunda oportunidad de transformación.
Es de notar que los kata de la venerable escuela Katori Shinto siempre finalizan sin dar muerte al adversario, algo absolutamente inusual en el ate de la esgrima, y mas aún ¡desde hace setecientos años¡. En una época de violencia en todos los niveles sociales, de corrupción política, de latrocinio, de codicia, de avaricia, de revueltas sociales y de intrigas palaciegas (no muy distinta de la actualidad) en la que de la búsqueda de la eficacia por la vía de la astucia, de la argucia, de la delación y del engaño estaban a la orden del día, estas inconcebibles ideas constituyeron una verdadera revolución para el arte de la espada. La escuela Katori Shinto Ryu, considerada en la actualidad como Tesoro Nacional y “bien cultural de valor inapreciable”, fue la primera en permitir la entrada a gentes de toda clase y condición social. Así, no solamente nobles o miembros de la casta de los samurais, sino también hombres y mujeres del pueblo, comerciantes, trabajadores de todos los gremios y campesinos eran aceptados, transformándose en sus discípulos y muchos de ellos en grandes maestros del sable. Por medio de la meditación y de una práctica marcial severa, en la que la humildad, la discreción, la ausencia de ambición, liberada del egocentrismo sutil o evidente que caracteriza y revela con excesiva frecuencia a los estudiantes (¡y a los instructores¡) poco avanzados, y una total impersonalidad, las enseñanzas del maestro Lizasa inspiraban a cuantos se le acercaban un sentimiento de paz, de compasión y de benevolencia activa. Harigaya Sekium, un gran espadachín del siglo XVII, enseñaba que no debían imitarse los movimientos de los animales ni en el pensamiento ni en la acción. Creía que esgrimir con un bárbaro instinto animal, desde la brutal selección natural, el miedo instintivo, la astucia, el odio y el resentimiento, que tan a menudo caracterizaban a las escuelas de esa época y de siglos posteriores, era un grave error. Pensaba que el arte del sable consistía en esgrimir en armonía con los movimientos de los astros, con las energías y las vibraciones sutiles de la Naturaleza. En su enseñanza, trascendía también la idea primitiva de Ai-Uchi, (cortarse o darse muerte unos a otros) hacia Ai-Nuke: ser uno con el otro. Para Sekium, el ideal era entrar en el “espacio sagrado” del oponente, que definía con la frase: “uno solamente, dos nunca“.
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Llegó a la convicción de que no se podía acceder a ese espacio santo por medios ordinarios, y habló entonces de la absoluta necesidad de “volver a la Unidad”, a la esencia o energía primordial (ki-ichi), contrariamente a otras escuelas que proponían la fuerza, la voluntad, la astucia o el estoicismo ante lo inevitable, como base de una evolución táctica, ya que según su experiencia, esta vía desembocaba inevitablemente en “combates bestiales”. Sekium sensei, creador de la escuela de sable Mujushinryu, fue un visionario, poeta, filósofo, hombre también renacentista, que enseñaba a sus discípulos a practicar la esgrima desde el “centro del ser”, en armonía con el movimiento mismo del Universo, con gestos relajados, apacibles, sin ritmo establecido; a ser “uno con el movimiento del otro”. Alcanzó, a través del arte sublime de la espada y tal vez sin ser consciente de ello, una cima inexpugnable e inexplorada del espíritu marcial y de la evolución del ser humano. Trascendió la imagen salvaje y brutal de la búsqueda de la eficacia en el combate con espada, y creo un camino de redención, de armonía con el Universo, de paz interior y de profundo respeto por la vida. Mostró a sus discípulos, a través del arte alquímico del sable, cómo alcanzar el reino de lo sagrado. Al final de sus días, Sekium estaba convencido de que ese estado del ser era sólo accesible por la “gracia del amor” y les enseñó a sus seguidores un concepto inexpresable e incomprensible para sus contemporáneos y para otras muchas generaciones futuras: amar al enemigo.
Yamaoka Tesshu, considerado el mayor maestro de sable de todos los tiempos, nació en Edo (Tokio en la actualidad) el 10 de junio de 1836. Desde muy niño tuvo una gran atracción por la espiritualidad y aunque estudiaba confucianismo, se sentía más inclinado hacia el pensamiento Zen. Amaba escalar las montañas, alcanzar las cimas y sentarse a meditar en las cumbres, que le evocaban la imagen del espacio, de la vacuidad y de la nada. Tras una experiencia espiritual en su juventud, en la que se sintió alumbrado por la imagen del Buda de la Compasión (Kannon-Bosatsu) percibió el inmenso sufrimiento de todos lo seres como existiendo en su propio interior (“todos los seres están llorando”) y decidió dedicar su vida a la búsqueda del despertar y de la liberación. Simultáneamente comprendió que el ideal del dharma (la “justa ley “) del guerrero consistía en dar la vida por los demás y no arrebatarla; tener un espíritu de sacrificio y abnegación, llevar una existencia sobria, y aún ascética, noble siempre, que el samurai podían llegar a representar, como símbolo viviente de un ser humano con espíritu compasivo, que se consagra a sí mismo y sacrificaba su existencia en beneficio de sus semejantes, de los pobres, los sometidos, de los inocentes, de los desfavorecidos y los humildes. Durante su vida, Yamaoka dio ejemplo de una filantropía y humanismo que iban más allá de lo verosímil. Vivió en una gran sencillez, y a menudo en la sórdida pobreza. Durante años su hogar apenas medía el espacio de tres piezas de tatami, y debido a su existencia miserable, uno de sus hijos murió de desnutrición. Yamaoka, aun en esa penosa situación, meditaba en postura de loto en una esquina del minúsculo habitáculo, hasta sumergirse en la vacuidad del ser. Sus biógrafos afirman que alcanzó tres veces el estado de despertar o “satori”. Hombre de valor y fuerza de carácter, se cuenta que cuando era maestro de armas y consejero del joven e impetuoso emperador Meiji, en una ocasión lo arrojó airadamente por lo suelos (dícese que incluso lo pateó) al encontrarlo ebrio, recriminándole su lamentable estado y su deshonroso ejemplo. El monarca le pidió perdón humildemente por su incalificable conducta. Era tal su nivel de destreza marcial, fruto evidente de su estado de conciencia, que al final de sus días combatía sin espada, simplemente esquivando, sonriente, los tajos de sus adversarios, que finalmente se rendían o caían agotados. El mismo se había sometido a entrenamientos inhumanos, como batirse en duelo embutido en precaria armadura de su creación ¡contra mil adversarios seguidos¡ sin descanso, sin comer y únicamente bebiendo de vez en cuando un poco de agua. Un combate libre (shiai) que podía durar hasta tres días. Pocos de sus seguidores han podido imitar a su maestro en tal hazaña física, o más bien, metafísica, e incluso se dice que algunos perdieron la vida por deshidratación y agotamiento.
Tras su llorada desaparición, semejante maestría nunca ha podido ser alcanzada por nadie, y los misterios de su escuela, la Muto-Ryu o del “sable-del-no-sable”, posiblemente se hayan perdido para siempre. Su gran compasión, su sobriedad, su profunda humildad, su alegría íntima y reveladora de un alma inmensa, y su gran valor —características de un tatsujin, de un verdadero maestro de la espada— dan fe de la eficacia de su sistema marcial.
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Considerado un calígrafo insuperable, y ya moribundo, depuso la espada y esgrimió la excelencia de su pincel impregnado de compasión, para dar vida a más de cien mil abanicos, considerados valiosas obras de arte, para que los numerosos pobres de su época pudieran venderlos y sobrevivir en tiempos de penuria y hambrunas. Tal vez a mediados del siglo XX solo otro hombre universal, el gran maestro Morihei Ueshiba, descubridor del Aikido, llegó a alcanzar un similar estado de despertar espiritual. Ueshiba O-sensei era un hombre extremadamente espiritual, un gran guerrero y un profundo asceta, que desde su juventud había adoptado como regla de vida (al igual que su maestro Onisaburo Deguchi, líder de la orden religiosa-esotérica O-Moto-Kyo) el antiguo y venerado mandato de kyokaku: “protector del oprimido y enemigo del fuerte”, al igual que algunos célebres samuráis del pasado. Más tarde, el propio Morihei adoptaría para el resto de su vida un concepto filantrópico y universalista aún superior, que define magistralmente el ideal santo de la caballería espiritual, con el que expresaba a su vez el añorado designio del tasujin, del Hombre-Sable, del hombre bueno, bienhechor, fuerte, justo y compasivo, realizado a través de arte sublime de la destreza espiritual, y por medio de la “espada de compasión airada”: Ban-Yu-Ai-Go: “protección amorosa de todo lo que existe”. A decir verdad, la esencia misma del Aikido, este sublime “Arte de la Paz”, emana de conceptos, inspiraciones, estados de consciencia e iluminación muy similares a los de Lizasa Choisai Ienao, Hariyaga Sekiun o Yamaoka Tesshu. ¡Tal vez un solo ser humano realizado a través de la vía de sable, un solo tatsujin en cada siglo, desde la edad media hasta nuestros días, sea suficiente para mostrar el camino, para desbrozar el sendero del “filo de la navaja” a innumerables buscadores del despertar. Como curiosa e inspiradora anécdota, diremos que las caligrafías de estos maestros del espíritu y del sable se asemejan tremendamente, pues poseen una casi idéntica fluidez y espaciosidad; son circulares, acuáticas, sin ángulos, de un solo trazo, sin aristas, impregnadas de su profundo kokyu, de su alma o “soplo del espíritu”, de su amor sin reservas, revelando así su carácter armonioso y compasivo, su mente expandida, su conciencia esclarecida.
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Un mismo estado de la mente, una misma cima de iluminación alcanzada por medio de una vida de meditación, renuncia al mundo, sufrimiento personal, de implacable lucidez y de “compasión activa”.

LAS CUATRO NOBLES VERDADES

A. En el sermón de Benares, tras su iluminación, Budha expuso las cuatro Nobles Verdades y el Óctuple Sendero:

1. La primera Noble Verdad es dukkha, la naturaleza de la vida es sufrimiento. Ésta, oh monjes, es la Noble Verdad del Sufrimiento. El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento, asociarse con lo indeseable es sufrimiento, separarse de lo deseable es sufrimiento, no obtener lo que se desea es sufrimiento. En breve, los cinco agregados de la adherencia son sufrimiento.

2. La segunda Noble Verdad es el origen de dukkha, el deseo o “sed de vivir” acompañado de todas las pasiones y apegos. Ésta, oh monjes, es la Noble Verdad del Origen del Sufrimiento. Es el deseo que produce nuevos renacimientos, que acompañado con placer y pasión encuentra siempre nuevo deleite, ahora aquí, ahora allí. Es decir, el deseo por los placeres sensuales, el deseo por la existencia y el deseo por la no existencia.

3. La tercera Noble Verdad es la cesación de dukkha, alcanzar el Nirvana, la Verdad absoluta, la Realidad última. Ésta, oh monjes, es la Noble Verdad de la Cesación del Sufrimiento. Es la total extinción y cesación de ese mismo deseo, su abandono, su descarte, liberarse del mismo, su no dependencia.

4. La cuarta Noble Verdad es el Sendero que conduce al cese del sufrimiento y a la experiencia del Nirvana. Ésta, oh monjes, es la Noble Verdad del Sendero que conduce a la Cesación del Sufrimiento. Solamente este Óctuple Noble Sendero; es decir, Recto Entendimiento, Recto Pensamiento, Recto Lenguaje, Recta Acción, Recta Vida, Recto Esfuerzo, Recta Atención y Recta Concentración.

B. La esencia de los millares de discursos en los que el Buda explicó su enseñanza de distintas maneras, está contenida en Las Cuatro Nobles Verdades y el Noble Óctuple Sendero.

C. Este Sendero comprendido en la cuarta Noble Verdad es el Sendero Medio, llamado así por evitar los dos extremos, tanto la búsqueda de la felicidad a través de los placeres sensuales, como la mortificación de uno mismo. Este Sendero Medio es llamado el Noble Óctuple Sendero, ya que consta de ocho factores, que son:

1. Recta comprensión (samina ditthi)

2. Recto pensamiento (samma sankappa)

3. Rectas palabras (sammma vaca)

4. Recta acción (samma Kammanta)

5. Rectos medios de vida (samma ajiva)

6. Recto esfuerzo (samma vayama)

7. Recta atención (samma sati)

8. Recta concentración (samma samadhi)

D. Estos ocho factores no son separados y deben desarrollarse simultáneamente, ya que todos ellos están estrechamente relacionados entre sí, y cada uno contribuye al cultivo de los otros.

E. Su finalidad es el desarrollo y perfeccionamiento de los tres principios capitales del adiestramiento y disciplina budistas: La sabiduría (pañna), la conducta ética (sila) y la disciplina mental (samadhi).

1. La Sabiduría implica la Recta Comprensión y el Recto Pensamiento.a. La Recta Comprensión es la comprensión de las cuatro Nobles Verdades. Es la comprensión de la ley de la causalidad. Es la comprensión de la impermanencia.

b. El Recto Pensamiento es pensar con desapego, amor, renunciamiento y no violencia, esto es, con sabiduría. Es evitar pensamientos de apego, malevolencia, odio y violencia, esto es, evitando la ignorancia.

2. La Conducta ética implica: la Recta Palabra, la Recta Acción y los Rectos Medios de Vida. La conducta ética (sila) está basada en la vasta concepción del amor universal y la compasión hacia todos los seres vivientes, que constituye el fundamento de la enseñanza del Buda.

5. La Recta Palabra es abstenerse de emplear formas de lenguaje erróneas y perniciosas, de hablar negligentemente, de mentir, difamar, calumniar o dañar a otros, y cultivar las palabras amistosas, benévolas, agradables, dulces, significativas y útiles.

6. La Recta Acción es cultivar una conducta moral honorable y pacífica, absteniéndose de matar, robar, relaciones sexuales ilegítimas y llevar a cabo tratos deshonestos.

7. Los Rectos Medios de vida es ganarse la vida de forma honorable, irreprochable e inofensiva, evitando cualquier profesión que pueda ser nociva de alguna manera para otros seres vivientes.

3. La disciplina mental incluye: el Recto Esfuerzo, la Recta Atención y la Recta Concentración. a. El Recto Esfuerzo implica los cuatro siguientes esfuerzos:

1) Impedir el surgimiento de pensamientos malos.2) Apartar los pensamientos malos ya surgidos en la mente.3) Cultivar el surgimiento de los buenos pensamientos.4) Mantener los buenos pensamientos ya surgidos. Cultivar con atención el Dhamma.

b. La Recta Atención implica los Cuatro Estados de Atención Mental:1) Prestar diligente atención al cuerpo.2) Prestar diligente atención a las sensaciones y las emociones.3) Prestar diligente atención a las actividades de la mente.4) Prestar diligente atención a las ideas pensamientos, concepciones y cosas (dhamma).

c. La Recta Concentración es la disciplina que nos conduce a las cuatro etapas de dhyana, o absorción, en la primera etapa se abandonan los deseos y pensamientos apasionados e impuros, en la segunda, ya desaparecidas las actividades mentales, se desarrolla la tranquilidad y la “fijación unificadora de la mente”, en la tercera surge la ecuanimidad consciente y en la cuarta desaparecen todas las sensaciones, tanto de dicha como de desdicha, de alegría y de pesar, permaneciendo en un estado de ecuanimidad y lucidez mental.

F. Este Noble Óctuple Sendero puede ser seguido, practicado y desarrollado por cada individuo. Es disciplina corporal, verbal y mental. Se trata de un Sendero que conduce a la aprehensión de la Realidad última, al logro de la liberación, de la felicidad y la paz, mediante el autodesarrollo moral, espiritual e intelectual