EL SANTO Y NOSOTROS. Dra. Wakiv y el Vampiro Güero

Hay hombres que luchan un día y son buenos,
hay hombres que luchan un año y son mejores,
hay hombres que luchan muchos años y son muy buenos,
pero hay quienes luchan todos los domingos, ésos son los chidos.
¡Santo, el Enmascarado de Plata!1

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Hablar en esta época de Santo, El Enmascarado de Plata podría ser considerado ocioso. Lo sería si lo hiciéramos mediante algún artificio barato que vuelve a la memoria incompleta, tan persistente entre nosotros los mexicanos, y recordáramos sólo al hombre-luchador, al deportista enfundado en aquellas mallas tan representativas de un supuesto simple espectáculo. Pero como casi todo en México −aunque a veces lo ignoremos–, Santo está compuesto de todas las maneras posibles en que los habitantes de este país nos soñamos a nosotros mismos y a nuestros mundos, y es precisamente por eso que no podemos pensarlo en los límites del show, pues El Santo fue, y es, un fenómeno cultural que nos abraza aun en la vida cotidiana (y lo seguirá haciendo).

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La también heroica ciudad y sus relatos

La historia de nuestro héroe está íntimamente ligada a la de la ciudad. A principios de los años 30, la Ciudad de México presenció la llegada masiva de los múltiples y más diversos migrantes rurales, los cuales fueron instalándose en los barrios más populares del centro histórico. Este evento coincidía con el auge nacionalista que tenía sus más intensas expresiones en el muralismo y en el cine de rancheros que exaltaba las imágenes del charro y el indígena como símbolos de lo típicamente mexicano.

Con el paso del tiempo, concretamente en las décadas de los años 1940 y 1950, el discurso folklorista se fue abandonando debido a la modernización del país. Los capitalinos debieron comprar la idea de los beneficios del progreso y la urbanización, y con ello los nuevos valores y creencias del momento. Esto también se vio reflejado en la industria cinematográfica, la cual desvió su atención hacia un cine más urbano y realista que tenía como intereses el acontecer nocturno, los submundos del Distrito Federal y la vida cotidiana y atormentada de sus habitantes. En este periodo de posguerra, los Estados Unidos eran claramente la cultura dominante y su influencia permeó todos los sectores de las sociedades latinoamericanas; México no fue la excepción. En este contexto, lo común era imitar el american way of life y las expectativas del mexicano rondaban siempre en ese sentido. Hubo incluso una fuerte invasión de superhéroes norteamericanos que alimentaban la imaginación mexicana desde un punto de vista muy particular, con marcados tintes ideológicos.

En contraste con este ambiente de modernización, en las vecindades de la ciudad donde se ubicaban gran parte de aquellos migrantes rurales, las tradiciones mexicanas libraban una gran batalla por mantenerse vivas en el imaginario colectivo y la práctica diaria. La lucha libre fue uno de los escenarios privilegiados para este enfrentamiento y la figura de El Santo, la personificación perfecta de este conflicto.

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¿Por qué nosotros y la Virgencita?

Los mexicanos del siglo XX somos herederos directos de una fuerte tradición prehispánica cimentada en una cosmovisión en la que los opuestos se enfrentan de manera constante y cíclica: luz-oscuridad, vida-muerte, femenino-masculino. El equilibrio del cosmos sólo se mantenía mediante la oposición de dichas fuerzas y los ritos que garantizaban la estabilidad y continuidad del universo. Estas prácticas quedaron plasmadas en los libros indígenas y las crónicas europeas a manera de mitos que la población conocía y ha seguido reproduciendo a través de la tradición oral. Los relatos de hazañas de los ancestros, quienes se batían en memorables batallas y conquistas, acompañados en ocasiones de sus dioses y seres fantásticos, mitificaron a diversos personajes de la historia prehispánica. La importancia de esta herencia cultural rica en mitos y dioses, fue fundamental para la consolidación de la religión católica en el México colonial. De esta manera la yuxtaposición de las más relevantes imágenes religiosas veneradas de forma importante entre la población indígena dio origen al surgimiento de fervores que se mantienen hasta el presente, como es el caso de la Virgen de Guadalupe.

Hemos llegado aquí a un punto vital que sostiene el mito de El Enmascarado de Plata: la Virgen del Tepeyac es la protectora de nuestro héroe, él se encomienda a ella lleno de fe antes de marchar al combate y le agradece salir con bien de sus batallas. Indudablemente, éste fue un punto de convergencia con el pueblo mexicano, pieza clave para identificarse con él y otorgarle al superhéroe cualidades casi divinas. El Santo se convierte así en un guerrero del Señor, un ángel justiciero, la pesadilla de los enemigos del bien.

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Vamos a vernos entonces

Esta cercanía con el pueblo mexicano fue posible y se vio constantemente reforzada con el surgimiento de la historieta en 1952, donde José G. Cruz, su creador, enfatiza la fe guadalupana de El Enmascarado2. Fue tal el éxito del cómic que en la época de mayor auge, se publicaban 3 episodios por semana, cada uno con un tiraje de 550,000 ejemplares.

Ante tal impacto cultural y, por qué no decirlo, también mediático, El Santo fue trasladado a la pantalla grande por primera vez en 1958, lo que consolidaría el camino para 30 años de un género tan fascinante como el cine de luchadores. En sus primeras películas, el Enmascarado de Plata aparecía como luchador rudo, pero en congruencia con el carácter bondadoso y ejemplar que se derivaba de su estrecha relación con la Virgen de Guadalupe3 y demás símbolos religiosos, fue convertido en técnico bajo el pretexto de dar un buen ejemplo al público infantil. Durante lo que podemos llamar la época inicial del cine de El Santo, éste se presenta como un firme defensor de los valores morales de la sociedad mexicana: “la devoción por la Virgen, el machismo, la sumisión de la mujer y la unión familiar como único medio de lograr la felicidad”4. El Santo es presentado como un caballero libre de vicios, quien raya prácticamente en lo célibe y es un abstemio convencido.

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Sin embargo, es posible diferenciar claramente una segunda etapa del cine plateado, donde a complacencia del público las aventuras de nuestro protagonista se trasladan hacia escenarios más exóticos y personajes marcadamente fantásticos. En esta fase se logran excelsas producciones como Santo contra las mujeres vampiro5 (1962), Atacan las brujas (1964), El Tesoro de Drácula (1968), Santo y Blue Demon contra los monstruos (1969) y la cúspide del cine churro6: Las momias de Guanajuato (1970). Aquí los temas fundamentales giran en torno al suspenso y se logra la integración de monstruos como Frankenstein, Drácula y el Hombre Lobo a la cultura popular mexicana. Otros fenómenos de importancia, otros símbolos del mal son: lámparas que hacen perder la razón, cuerdas de violín infernales, pinturas sangrientas y pelucas que estrangulan7. Es en este momento que Santo comienza a cobrar relevancia internacional, volviéndose famoso en Latinoamérica, Europa y el Lejano y Medio Oriente.

Como todo mito y fenómeno cultural, El Enmascarado de Plata permanece porque se adapta a las necesidades de la época y sufre transformaciones adecuadas al momento histórico: cambia el guardarropa, sustituyendo sus habituales capa y mallas por vestuario de moda (cuellos de tortuga y trajes sobrios), además deja de lado su carácter célibe y reservado para salir a divertirse con hermosas mujeres seductoras. No obstante, nunca pierde su caballerosidad, modernidad y esa interpretación tan mexicana de lo que es la elegancia.

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Comienza así la transición hacia el cine policíaco, a medida que las producciones extranjeras –con el distinguido James Bond como protagonista− imponen los filmes de espías. Es así como nuestro héroe se vuelve, además de exterminador de monstruos, agente de la Interpol y colabora estrechamente con las autoridades mexicanas e internacionales, como en Santo contra la mafia del vicio (1970), Santo contra la magia negra8 (1972) y Misión suicida (1971).

Al final de su prolífica carrera cinematográfica, El Santo retoma un poco de la temática fantástica que tantos éxitos le diera en los sesentas, filmando El puño de la muerte (1981), Santo en la Furia de los karatecas (1981) y por último, volviendo al género policíaco, Santo contra el asesino de la TV (1981), que desgraciadamente no le devolvieron la gloria anterior. Después de 15,000 peleas y 52 películas, Santo siguió jugando con nuestra imaginación realizando giras al interior de la República como escapista y finalmente se nos fue el 5 de febrero de 1984, dejando un gran vacío en la imaginación de los mexicanos.

El Santo vela por nosotros, dentro y fuera
de nuestra ultrajante
irrealidad de todos los días.9

La fórmula de éxito del personaje a través de su paso por los cómics, la televisión y el cine, se debió a que en cualquiera de estos géneros, todas las aspiraciones y miedos de la sociedad mexicana, propios de cada época, fueron reflejados en las aventuras relatadas y encarnados en cada villano y enemigo. Éste fue el caso de las vampiresas, símbolo de la mujer independiente y seductora10; de los monstruos y nuestro temor por lo desconocido, y de los marcianos como el miedo hacia el acelerado progreso de la tecnología en una sociedad que en sus raíces seguía siendo profundamente conservadora.

El fenómeno y la trascendencia de El Enmascarado de Plata pudieron suceder por condiciones que sólo ofrece nuestra cultura, donde el absurdo es completamente posible y lo fantástico es una costumbre de todos los días. Santo ancla en nuestra vida cultural porque no sólo es instrumento de la lucha entre el bien y el mal, sino que va más allá y se humaniza a través de la impartición de justicia que todos quisiéramos hacer. La justicia realizada por El Enmascarado es una justicia popular, es de todos. El Santo es entonces un héroe que responde a la necesidad de fe tan escasa en nuestros tiempos. Lucha contra la transgresión de la autoridad y el equilibrio llevada a cabo por policías, presidentes y jueces de los que todos los mexicanos desconfiamos crónica y casi genéticamente, llenando el vacío que aquellos dejan. Lo hace a través del relato fantástico, de la máscara que lo identifica pero lo oculta en la masa, a través de lo cual, cualquiera de nosotros podemos ser Él. El Santo era un superhéroe, pero estaba vivo, era real y vivía también bajo el nombre y apellido de Rodolfo Guzmán. El Enmascarado jugó con los límites de la realidad y la imaginación al ser aclamado dentro y fuera del ring, teniendo atributos divinos pero, como tantos, mostrándonos en la pantalla que era de carne y hueso: cerraba el candado de su cochera, se recostaba en la cama a descansar, su número telefónico era fácil de conseguir, o se ponía un curita cuando lo picaba una araña. Él sabía de su significado y confundió igualmente su vida con el personaje11. Antes de morir, sacralizó su leyenda heredando a su hijo la máscara para continuar vivo en nuestra memoria.

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Actualmente la forma más usual de encontrar el legado de El Santo es en diversas manifestaciones del arte popular mexicano: figuras de yeso y plástico, graffiti, playeras y demás prendas de vestir, máscaras, películas en DVD y VHS, posters, etcétera; que gozan de gran popularidad entre el público de todas edades, sexo y clase social. Algunos creen que El Santo no es ya más que la adquisición de su imagen. Pero El Santo es mucho más que eso, debemos tomar la memoria completa y recordar que “representa y hace posible lo que somos, lo que imaginamos y lo que queremos ser”12, por eso es inagotable.

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1. Botellita de Jerez, Guacarock del Santo.

2. En la contraportada del número uno de la historieta, El Santo aparece arrodillado ante la imagen de la Virgen.

3. Relación que fue reflejada magistralmente en alguna de sus películas, donde nuestro héroe repele a su gran enemigo, Drácula, no con un crucifijo –como regularmente se haría- sino mostrándole la imagen de la Virgen de Guadalupe que portaba en su trusa.

4. Ricardo Pérez Montfort, 2000.

5. En 1965, Santo contra las mujeres vampiro fue presentada en el Festival de Cine de San Sebastián en España, donde fue aclamada por importantes críticos europeos como auténtico cine surrealista.

6. Churros son producciones cinematográficas de bajísima calidad, sin lógica y de presupuesto bajísimo.

7. Profanadores de tumbas (1966).

8. En esta ocasión Santo es un agente que colabora con la INTERPOL y debe enfrentarse a zombies manipulados mentalmente por Sasha Montenegro (importante vedette mexicana), sacerdotisa de vudú, quien posee un yacimiento de uranio con el que pretende conquistar al mundo.

9. Jorge Ayala Blanco, 1986.

10. Quién no recuerda a Santo perturbado en Atacan las brujas (1964) diciendo: “¡Estoy siendo objeto de una seducción infernal!”

11. Desde sus primeras luchas, Rodolfo Guzmán vivía su personaje y lo conocía perfectamente: en una ocasión en que luchó contra Jack Blomfield, Santo fue desenmascarado por aquél, sin embargo, llevaba otra máscara debajo, artificio que luego sería común en sus películas.

12. Álvaro Fernández Reyes. Santo el Enmascarado de Plata, México: El Colegio de Michoacán y CONACULTA, 2004.

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Marisol Reyna estudió Antropología y es maestra en Estudios Regionales por el Instituto Mora. Actualmente es consultora en la FAO y escribió este texto con su cómplice maligno porque es muy fan de El Santo.

Verónica Velasquez S.H. es arqueóloga y fanática de El Santo.

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Un especial agradecimiento al MUJAM por abrirnos sus puertas para fotografiar algunos objetos de su colección.  Si quieren contactarlos, lo pueden hacer a través de Twitter en la cuenta @MuseodelJuguete.

Fuente: http://limulus.mx

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